¿Cuál es la música mejor para ti? Una respuesta desde la musicoterapia

Publicado en jun 3, 2015 en blog, Fundamentos de musicoterapia | 0 comentarios

Recetas_Musicales Muchas personas me preguntan a menudo cuál es la música que utilizo durante las  sesiones, imaginando que quizás, al ser musicoterapeuta, yo sepa tocar una música que  tiene características especiales, “mágica”, capaz de producir efectos inesperados, o que  yo posea un cd con unos “sonidos sanadores” …Otras veces me piden consejos sobre cuál  es la música mejor para un bebé recién nacido, o cual puede ser la mejor melodía para  escuchar durante el embarazo. 

 Hoy me gustaría aportar un poco de claridad sobre estos temas, ya que conocer cómo  funciona la musicoterapia es fundamental para comprender su eficacia. Y es importante      saber que los musicoterapeutas no suministran recetas musicales.

Existen muchas técnicas en musicoterapia, y la mayoría son técnicas “activas”, que impulsan los participantes a tocar, a cantar y a comunicar a través de la expresión musical, según sus posibilidades. Esto no significa que la persona puede participar solamente si tiene conocimientos y capacidades musicales. Todos podemos hacer música, y en musicoterapia no se observa el resultado artístico de la producción sonora, sino su intención comunicativa, para aprovecharla como medio y utilizarla para lograr los objetivos terapéuticos. Existen también métodos receptivos, (Ej.: método GIM, baños sonoros), en los cuales se escuchan piezas de música seleccionada o con instrumentos en vivo, y se utilizan en el tratamiento de patologías específicas, a veces en conjunto con las técnicas activas. En todo caso, el rol del musicoterapeuta no es hacer una ejecución instrumental que el paciente escucha de forma pasiva, más bien el que “hace” la sesión y produce sonoridades es el /los participantes, acompañados por el terapeuta.

Sobre cuál es la música mejor según qué necesidad o tipo de persona, la respuesta es muy sencilla: la música que mejor funciona es la que más te gusta, la que resuena contigo y en ti, y que conecta con tus emociones más profundas.

Para comprender esta respuesta tenemos que saber que cada persona tiene una identidad sonora única y personal (ISO), y que con esta trabaja el musicoterapeuta. El ISO es el conjunto de las experiencias musicales y sonoras que acumulamos a lo largo de nuestra vida, y es como una huella: cada uno tiene la suya.

El concepto de ISO (que en griego significa “igual”) fue desarrollado por el musicoterapeuta Rolando Benenzon, y hay muchos factores que lo componen: veamos algunos de ellos.      

 

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Una parte depende de nuestro país de procedencia (ISO cultural), e incluye las sonoridades típicas de nuestro país de origen: el tipo de música, los instrumentos que se utilizan, las canciones y el idioma en que son cantadas. Es fácil imaginar que una persona nacida y crecida en España no tiene el mismo ISO cultural que una nacida en Nigeria, por ejemplo.

Otra huella importante es la que marca el ISO gestáltico: este es la identidad sonora específica de cada ser humano, que empezó durante la gestación y se forma a lo largo de toda la vida. Tiene que ver con nuestra historia personal y está formado por: la herencia, las experiencias de la vida intrauterina y las energías del medio social que nos rodea (ej.: sonidos agradables/desagradables). Es fundamental para empezar a conocer la persona con la que tratamos.

La música que se suele escuchar en casa, junto con los sonidos típicos de la vida familiar que nos rodea desde pequeños (sonidos de la casa, o de alguna actividad específica que en ella se desarrolla),  también crea un ambiente sonoro que forma parte de nuestros gustos musicales, y que compone el ISO familiar.

Otro aspecto importante a tener en cuenta es el estado emocional de la persona en el momento presente, aquí y ahora, que está condicionado por muchos factores, (humor del día, relación con el grupo, acontecimientos en su vida), influyendo sobre sus deseos y necesidades musicales, y que se define como ISO complementario. 

 

Nuestro cerebro percibe los elementos musicales a través de los dos hemisferios. De manera general podemos decir que el hemisferio izquierdo percibe y decodifica el ritmo y el derecho la melodía. Cuando escuchamos música la analizamos a través de las áreas auditivas de nuestro cerebro, pero nuestro sistema neuronal se conecta también de forma automática a los núcleos de la emoción. Esa es la razón por la cual la música es un fuerte catalizador de emociones y por eso asociamos canciones a personas o a recuerdos concretos. 

De lo que he explicado hasta ahora podéis entender la importancia fundamental de conocer la historia sonora de la persona. Uno de los primeros pasos de un musicoterapeuta es reconstruir su historia sonoro-musical para poder utilizar la música, el sonido y el silencio que mejor pueden abrir canales de comunicación con su inconsciente y favorecer la expresión de contenidos latentes. Empatizar con el mundo sonoro del paciente significa decirle “yo te reconozco” y establecer un vínculo terapéutico eficaz que pueda mejorar su estado psico- físico

 

 10394786_10204652328447771_5256514871839002397_n También se deduce que no existe una música “universal”,  porque en cada uno la    música  despierta emociones y sentimientos diferentes, sobre todo si conectados a recuerdos y  vivencias, que son únicas y personales, provocando a menudo reacciones fisiológicas muy  evidentes, como la “piel de gallina” o el aumento de la frecuencia cardíaca.

 La música en general nos provoca una liberación de dopamina (hormona del placer), pero no  todas las canciones provocan esta descarga en la misma cantidad: no es lo mismo  escuchar  nuestra canción favorita que una cualquiera. Esa liberación de dopamina  se produce en el momento álgido de la canción, pero además, unos segundos antes, se produce una primera descarga relacionada con la anticipación, es decir: sabemos que se acerca ese momento. En ese instante se activa una zona llamada núcleo accumbens, que es el responsable de la euforia y de la sensación de placer.

Asimismo existen diferéncias evidentes según si estamos trabajando con  niños o con adultos.

 Bebés y niños tienen una experiencia musical todavía breve. Es muy útil trabajar con las canciones de cuna que les cantaban sus padres y con las de niños que han aprendido sucesivamente. Todas tienen unas características comunes: tienen una estructura muy simple, previsible y con pocos intervalos, fácil de memorizar. Muchas veces las frases acaban con palabras que riman entre ellas, dándole un ritmo definido y fácil de recordar, y son acompañadas por gestos y movimientos que representan el contenido verbal, así de estimular más canales sensoriales a la vez (oído y vista), llegando de manera más directa.

En el trabajo con personas mayores  hay que tener en cuenta que su historia sonora abarca un periodo de tiempo mucho más amplio, y, por lo tanto, una variedad musical más heterogénea. Por ejemplo suele pasar que en personas afectadas por Alzheimer la memoria antigua está más preservada que la memoria recién, por esta razón trabajaremos con las canciones de su juventud, las que se escuchaban en su época y, más específicamente, las que más le gustaban, que están relacionadas con eventos específicos de su vida y que pueden conectarlos con las emociones vividas en esos momentos.

Hay que recordar que trabajar con la música significativa para la persona  funciona tanto con experiencias positivas como con las negativas. Según lo que queremos trabajar, es posible evocar a través de la música un acontecimiento triste o traumático, para poder enfrentarse a su recuerdo y superarlo.

La musicoterapeuta Serafina Poch lo explica en su “Compendio de Musicoterapia” (vol. 1) : “La música hace posible que cada uno de nosotros proyecte en ella anhelos, conflictos, carencias, recuerdos, tristeza, alegría etc…la música tiene un significado absolutamente personal e intransferible […]. De ahí que la música pueda actuar como provocadora de recuerdos, imágenes y fantasías (tanto conscientes como subconscientes). (Cit. Pág. 132-133)

Es importante considerar que el papel del musicoterapeuta es de  acompañador y facilitador del proceso, y que la escucha de la música que  nos gusta por si misma, no es musicoterapia. Es cuando esta música es  utilizada en un marco que incluye un proceso, unos objetivos terapéutico y un musicoterapeuta que podemos hablar de musicoterapia.

 Quizás os estaréis preguntando “¿Entonces lo de que la música clásica tiene  efectos muy beneficiosos no es verdad?  ¿Y que hago ahora con el cd de “música para curar el alma” que me han vendido como milagroso?”

 

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Cuando se menciona la música clásica como beneficiosa para algunos aspectos del desarrollo, frecuentemente se está refiriéndose a una música de una época bastante delimitada de tiempo, más concretamente a los siglos XVIII/XIX, o sea las épocas del clasicismo y del romanticismo, a las cuales pertenecen compositores como Mozart, Beethoven, Shubert, Liszt, Shumann y Chopin, entre los más conocidos.  Esta música tiene unas características comunes (forma musical con cadencias muy claras, melodías de un mayor carácter “cantabile” y simétricas, basadas en los acordes de tónica, dominante y subdominante ) que la convierten en melodías potencialmente útiles a la hora de trabajar algunos objetivos específicos, como la creatividad, la concentración o el pensamiento lógico. Digo “potencialmente” porque esta no es una regla universal.  Si a una persona no le gusta este tipo de música,  su utilización podría no ser tan provechosa. Más vale utilizar el rock, o el jazz, o el flamenco, si estos son los estilos que escucha y le hacen sentir bien.

Concluyendo podemos decir que etiquetar a cualquier tipo de música como sanadora, relajante, calmante o equilibrante es algo incorrecto, ya que puede que tenga efecto como puede que no. Puede que os ayude a dormir mejor, o puede que no. Puede que a vuestro bebé le encante, o puede que no. Cada persona es única y también el efecto que cada música provoca en ella lo es.

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